Arroyos y riachuelos

"Espumeante, fría, florida agua de los arroyos, me das un encanto que otro más bello jamás conocí, tu rumor me ensordece; nacen ecos en mi corazón” Attilio Bertolucci

Uno de nuestros cuentos de agua favoritos es el brillante rugido de un arroyo o un riachuelo. Los arroyos nacen en altura, de un manantial que sale del suelo o al pie de un glaciar. El agua fluye siguiendo la pendiente de la tierra, fluye hasta que se une a un río y llega al mar.

Un arroyo es un pequeño curso de agua que puede nacer de un manantial o de una corriente que, a causa de un cambio de nivel en el terreno, ha perdido parte de su fuerza. No hay criterios específicos, desde el punto de vista hidrográfico para definir un arroyo, pero en general se considera un curso de agua poco ancho, no muy profundo ni turbulento.

Los arroyos y riachuelos, a diferencia de los ríos, pueden permanecer secos durante el verano, cuando las temperaturas aumentan. Alrededor de estos cursos de agua se crea un ecosistema particular y único, caracterizado por el crecimiento de una vegetación típica y habitada por una fauna específica. Pero lo que siempre nos ha fascinado es el juego del agua, que discurre entre murmullos y gorgoteos: se han escrito innumerables páginas de prosa y poesía, celebrando los efectos beneficiosos que la naturaleza tiene en la mente humana. Los paisajes evocadores de arroyos y riachuelos siempre han estado en el centro de leyendas y mitos antiguos, ya que siempre han garantizado una fuente de agua fresca y clara. Es por esto que el hombre siempre ha tratado de comprender, agradecer y congraciarse con la naturaleza y sus mecanismos. Para los antiguos griegos y romanos, existía una Náyade asociada a cada curso de agua dulce. Estas eran las ninfas: un ser femenino, normalmente inmortal o de vida muy larga, dotada de facultades proféticas y de curación.
Se representaban en forma de mujeres hermosas, etéreas y delicadas, asociadas con aguas frescas y puras hasta el punto de que se creía que beber agua de cierta corriente podía curar a los enfermos; por el contrario, sumergirse en estas aguas cristalinas se consideraba un sacrilegio, una afrenta a su pureza. El riesgo era el de desatar la ira de las Náyades, que se manifestaría en forma de enfermedades aún peores. La leyenda cuenta que incluso Nerón, después de haberse sumergido en la fuente de la Marcia, sufrió una parálisis que le duró varios días. 

Para los pueblos germánicos, en cambio, los cursos de agua dulce son el hogar de los Nix, o Nacken, espíritus de agua que cambian de forma y pueden adoptar forma humana. La etimología de la palabra recuerda a otros peligros: el antiguo "nihhus" germánico significa "cocodrilo", mientras que en inglés antiguo, ”nicor" podría significar tanto "monstruo acuático" como "hipopótamo". Por otro lado, el Kelpie de la cultura escandinava es un espíritu peligroso con forma de caballo que habita cerca de corrientes y arroyos. Quienes intentan montarlo son arrastrados al agua y se ahogan. En Alemania, estos espíritus adoptan rasgos femeninos, y se llaman "Fanciulle del Reno". Al otro lado del océano, las civilizaciones precolombinas adoraban a la diosa de los arroyos y el agua dulce, Chalchiuhtlicue. 

En todo el mundo, el murmullo de las corrientes de agua ha estimulado nuestra imaginación y nuestra necesidad de contacto con la naturaleza. En ocasiones aterrador y misterioso (como le pareció al hombre durante muchos siglos), y a veces maternal y benevolente, susurrando incesante en las orillas y riveras a través del tiempo.